«Los cuentos tratan, claro, de las cosas y los seres reales, pero contarlos es acertar a dar a esas cosas y a esos seres la cualidad de lo imaginado. Eso quiso hacer Carmen Martín Gaite al escribir este cuento: llevarnos con su hija por los tejados del cielo. Y me atrevo a decir que en ese logro está la causa de su encanto imperecedero».
GUSTAVO MARTÍN GARZO
Sara Allen es una niña de diez años que vive en Brooklyn, Nueva York. Su mayor deseo es ir sola a Manhattan para llevarle a su abuela una tarta de fresa. La excéntrica abuela de esta moderna Caperucita ha sido cantante de music-hall y se ha casado varias veces. El lobo es míster Woolf, un pastelero multimillonario que vive cerca de Central Park en un rascacielos con forma de tarta. Pero el hilo mágico de este relato se centra en miss Lunatic, una mendiga sin edad que vive de día oculta en la estatua de la Libertad y que sale de noche para ayudar a que las desgracias humanas sean menos y, si es necesario, regalar un elixir capaz de vencer al miedo.
Con maestría y frescura, Carmen Martín Gaite recrea y adapta este clásico de la literatura sobre la iniciación a la vida adulta, y sobre los peligros a los que tenemos que hacer frente con independencia y libertad.
- Portadilla
- Caperucita En Manhattan
- Primera parte
- Uno. Datos geográficos de algún interés y presentación de Sara Allen
- Dos. Aurelio Roncali y El Reino de los Libros. Las farfanías
- Tres. Viajes rutinarios a Manhattan. La tarta de fresa
- Cuatro. Evocación de Gloria Star. El primer dinero de Sara Allen
- Cinco. Fiesta de cumpleaños en el chino. La muerte del tío Josef
- Segunda parte
- Seis. Presentación de miss Lunatic. Visita al comisario O’Connor
- Siete. La fortuna del Rey de las Tartas. El paciente Greg Monroe
- Ocho. Encuentro de Miss Lunatic con Sara Allen
- Nueve. Madame Bartholdi. Un rodaje de cine fallido
- Diez. Un pacto de sangre. Datos sobre el plano para llegar a la Isla de la Libertad
- Once. Caperucita en Central Park
- Doce. Los sueños de Peter. El pasadizo subacuático de madame Bartholdi
- Trece. Happy end, pero sin cerrar
- Créditos