Desde un piso alquilado frente al Parque Inglés (en el norte de Quito), bajo una lluvia incesante, Ignacio Rudo evoca múltiples pasajes de su vida (eróticos, melancólicos, cómicos, violentos o esperpénticos) y repasa sus lecturas en una suerte de larga confesión y carta de amor a Amelia. La terraza vacía es el escenario fisico y existencial de un entramado de confidencias palpitantes, vívidas, fruto de una genuina y por momentos extrema experiencia corporal, intelectual y emocional escritas con una prosa poética y con frecuencia descarnada. Estamos ante un contador "lenguaraz" (como llama Vargas Llosa al narrador de Los Miserables), que no se guarda nada, que se deleita en la descripción y en el detalle como todo fetichista letrado y enamorado. Personajes de la ciudad áspera y cotidiana enfrentados a situaciones límite conviven con otros invitados al recuerdo venidos del arte y la literatura en un laberinto de espectros y reflejos de cuño barroco. Esta proliferación de historias contadas con una velocidad lenta, morosa otro signo de su filiación barroca se bifurcan y entrecruzan en el tiempo espacio ficcional haciendo del acto mismo de contar, de recontar, el eje de la ficción. Con su tercera novela, Efrain Villacis refrenda su particular y potente estilo del exceso, del derroche adjetival y vital, donde las voces cultas y callejeras caminan por la misma vereda inflamable y nocturna.