La desesperación de un funcionario despedido refleja la crueldad de una burocracia ciega que ignora el valor del individuo frente a la maquinaria del estado. El hogar de los Villaamil se convierte en un escenario de patetismo y humor negro mientras intentan salvar su dignidad en medio de la indigencia. Una sátira amarga que sigue siendo asombrosamente relevante en su retrato de la precariedad laboral.